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Columnistas

2024 | SALA DE ESPERA

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En la historia posrevolucionaria de México todos los intentos de maximatos o gobiernos transexenales han fracasado. Lo que ha prevalecido desde tiempos inmemoriales es la adoración y la esperanza en los tlatoanis, caciques y presidentes de la República, sobre todo cuando son candidatos.
Ningún presidente de la República ha logrado trascender su sexenio por muy poderoso que haya sido. Todos, los priistas y su remedo de ahora han sido siempre los más poderosos en el momento de su poder. Su palabra es la ley, como la de un rey.
Sin embargo, todo ese poder siempre comienza a palidecer en el momento que se conoce a su sucesor, con las excepciones de los sexenios que iniciaron en este siglo, cuando los ciudadanos votantes, reales, decidieron quien los gobernaría y tuvieron una autoridad electoral no sujeta a los caprichos presidenciales, que se llamó IFE y se llama INE.
Hoy, a tres años de la nueva elección presidencial, el panorama es aterrador para los ciudadanos que vivieron el priato y también para los que no: se pretende el regreso del dedazo (seguro lo llamarán encuesta) para designar al nuevo presidente de la República. Por ello los ataques al INE en un intento gubernamental de controlar la organización electoral para el triunfo del candidato de Morena.
Ya hay “precandidatos” en el partido oficial. Sus nombres no son secretos y todos los días los políticos oficialistas buscan sumarse a ellos para no quedar fuera de la jugada o del presupuesto. Exactamente como antes.
No, no crea que el pueblo bueno y sabio se opondrá al “destape”. La mayoría de los mexicanos están acostumbrados a él. Lo necesitan. Lo esperan. Y además para ello existen los programas “sociales” del gobierno, el resentimiento y también el hartazgo. El partido oficial no está derrotado y será difícil sacarlo de Palacio Nacional.
En un momento del último trimestre del 2023 el poder del actual presidente de la República comenzará a desaparecer, y no habrá mañanera que le valga ante el nuevo sol, el nuevo señor, el nuevo tlatoani, el nuevo cacique, el más guapo, sea hombre o mujer, haya estado o no en la lista de precandidatos, ungido por el propio presidente. Los ahora adictos del presidente sabrán que el destapado por lo que “diga mi dedito” asumirá el poder todopoderoso y ante él habrá que rendirse. Entonces el presidente destapador iniciará su camino al olvido y es probable que al desprecio como siempre ha ocurrido.
Esos votantes, que en 2018 fueron mayoría, creerán, otra vez, que ahora sí llegó su tiempo, que el nuevo ungido no les fallará, que esta vez sí será el bueno, que van a ver que ahora sí, que se le ve buena cara, que habla bien y también bonito, que no va a ser como los de antes, que les va a solucionar todos sus problemas, porque él ya se dio cuenta de que ya nadie aguanta más, que esta vez sí, porque al que se va no lo dejaron gobernar, pero ahora sí.
Ellos creen, desde siempre, que su salvación vendrá de arriba, porque ellos ya cumplieron con dar su voto. La esperanza en el nuevo tlatoani es un mal endémico, para usar un término en moda, de los mexicanos.
Quién apueste a que están cansados, defraudados, desilusionados, está equivocado. La mayoría necesita un dador de favores. A la oposición sólo le quedan menos de tres años para ser opción real, pero parece que no lo ha entendido.

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