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OPINIÓN

EL EMBRUJO DEL TAPADO | SALA DE ESPERA

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Los historiadores, antropólogos, psicólogos, politólogos y quizás hasta los teólogos pueden tener todas las explicaciones posibles y probables, pero nadie puede negar que los mexicanos padecen, -incluso antes de adquirir el gentilicio de mexicanos-, de un mal endémico: confiar en que todos sus problemas serán resueltos por un iluminado, un mesías, ese que por arte de magia reparta el bienestar nacional, en cualquier época.
Tlatoanis, dioses, caciques, encomenderos, caudillos, hombres fuertes, líderes, rayitos de esperanza, dadores de todo bien han sido y siguen siendo la ilusión de la mayoría de los mexicanos. “El bueno” desde 1934, el que ahora sí, el que hará que la Revolución haga justicia… Bueno, hasta el más guapo como ocurrió en el 2012 o el atrabancado del 2000.
Esa ha sido siempre la apuesta de la mayoría los mexicanos en espera de que los prometidos logros sociales de la Revolución, -o los de antes- se hagan palpables; siquiera se asomen al horizonte. No nos podrá ir peor, han creído.
Los mexicanos siempre han apostado a lo macho, al que creen que van a ganar, al que promete, al que reniega del pasado (del cual es parte), que no sólo le quedó a deber, sino que perjudicó al país.
Una piedra angular del sistema político priista es la figura del tapado, que encarna cada sexenio en el ungido, el mejor, el más patriota, el más popular, el más bueno, el más todo quien -impulsado por el presidente da la República en turno- el que -ahora sí- vendrá a resolver todos los problemas nacionales.
La incipiente y endeble democracia mexicana logró en las cuatro más recientes elecciones presidenciales desgastar la figura del tapado, pero no eliminarlo de la imaginería popular. Hoy está de vuelta, promovido ya por el titular del Poder Ejecutivo, sin siquiera guardar las formas que durante el priato se cuidaban. Y él como priista de la más rancia cepa, aunque ahora su partido se llame de otro modo, está seguro de que su destapado lo sucederá.
La oposición real, sus partidos, ha entendido que sólo con una coalición amplia podría derrotar al presidente y a su partido en las elecciones del 2024. Pero no ha logrado sustraerse al embrujo del tapado, del candidato “ideal” para resolver los problemas del país con su simple voluntad, la del poder omnímodo de los presidentes mexicanos. Los partidos opositores y la mayoría de los ciudadanos se preguntan ¿quién podrá ser el candidato que pueda derrotar al aparato electoral oficial?
Por supuesto que el candidato de la oposición unida es muy importante, pero lo es más la propuesta de ese frente electoral a los votantes. ¿Qué propone, no promesas sino compromisos concretos a los electores? Desde lo más mínimo, obvio y urgente – por ejemplo, abastecer de medicamentos al sistema público de salud, entre muchos otros ya conocidos- hasta los cambios estructurales y constitucionales que la modernidad y la globalización exigen. En resumen; lo que antes se llamaba pomposamente un proyecto de nación, cuyos compromisos deberán tener fechas de cumplimiento y transparencia en su ejecución. Así en un solo párrafo.
¿Y el candidato? Sí es muy importante, provenga del partido del que provenga o de la sociedad civil, pero su nombre debería ser lo de menos, porque su único e ineludible compromiso debería ser cumplir con las propuestas de ese proyecto de nación. Y hacérselo saber ampliamente a los electores, quien deberán comprender que también es necesario que esa coalición gane la mayoría del Congreso de la Unión para cumplir las propuestas. No hay de otra. Y urge.

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